
Hay historias que pertenecen al cine.
Otras terminan perteneciendo al imaginario colectivo.
Wasteland nace de ambos lugares.
La inspiración fue inmediata: la brutalidad estética de Mad Max, las anatomías imposibles de Boris Vallejo y la forma en que los ochenta entendían el poder, el metal y la fantasía.

Nada debía sentirse limpio.
Nada debía sentirse civilizado.
Necesitábamos polvo, cromo, músculo y fuego.
El Hot Rod de 1950 se convirtió en el tótem de ese mundo. No como un vehículo, sino como una reliquia sobreviviente. Una escultura nacida de una época distinta, todavía capaz de imponer presencia.

Frente a él aparece una reina del páramo.
Plumas reales de cuervo. Metal tejido eslabón por eslabón. Reflejos plateados que responden al sol como una armadura ceremonial.
No queríamos modernidad.
Queríamos mitología.
La sesión fue capturada con un antiguo Carl Zeiss completamente manual, una pieza nacida durante la Guerra Fría. El cristal transformó la luz en algo menos perfecto y más visceral. Más cercano al recuerdo que al registro.

Cada elemento fue real.
La ballesta era real.
Los cuerpos eran reales.
La fuerza era real.
Y por un instante también lo fue ese mundo imaginario construido entre polvo, acero y deseo.
Un lugar donde el tiempo ya no existe.
Un lugar donde el cromo aún gobierna.
Fotografía: Ernesto Almeida
Vestuario y estilismo: Ernesto Almeida
Automóvil: Hot Rod 1950
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